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VIRIDIANA ÁLVAREZ

¿Quién es Viridiana?

Viridiana es una chica de 36 años, de Aguascalientes, exploradora de sus capacidades. Con ella no podemos hablar de limites sino de posibilidades, y dentro de ese abanico, su claridad mental es la clave que le ha llevado de una cima a otra, en un periodo de 5 años. Las montañas son el fascinante escenario donde construye parte de su camino de vida y este mes Sportlán, nos comparte su extraordinaria historia.

Primera cima, Pico de Orizaba

El 8 de febrero del 2014, fue la primera vez que fui a Pico de Orizaba, tenía 31 años. Mis amigos practicaban ciclismo de montaña y van al pico cada año. Yo veía sus fotos y me gustaban, la cima, el amanecer, las nubes debajo de ellos, esa parte se me hizo muy especial. Un día se dio la oportunidad de que los acompañara. Me avisaron el mismo día y fui. Tome las botas que ya me había comprado, muy básicas. Y lo demás lo renté y pedí prestado. Y como estaba haciendo triatlón, estaba entrenado para hacer un 70.3 tenía la condición, pero no tenía nada de conocimiento de montaña. Mi amigo me dijo “yo me hago cargo de ti” y así fue como incursione en el montañismo, subiendo la montaña más alta de México.

Yo subí con la idea de que iba a ir hasta la cima, pero había momentos que decía por lo menos voy a intentarlo. No sabía que se subía de noche, pero siempre he sido muy aferrada, el cuerpo me ayudo, no me sentí mal e íbamos despacio. Y al llegar voy viendo como se ve el cráter, las nubes abajo, fue un encuentro verdadero con la montaña, a pesar del cansancio físico, esto lo vale. No recuerdo bien, pero creo que hicimos como 12 horas, nunca había hecho ejercicio tanto tiempo. Cuando regresé a mi casa, me metí a investigar que seguía y encontré Aconcagua en Argentina, que no sabía que existía.

Aconcagua

Me empecé a preparar, regresé al Pico y subí al Izta, vi empresas, le dije a mi amigo, y a los 10 meses, me voy al Cerro de Aconcagua que es la montaña más alta de América. No le decía, pero ya iba con miras al Everest. En Aconcagua fue una expedición de 21 días, me fue muy bien, me canse y hubo muchas experiencias, pero regrese, y pensé “ahora si voy al Everest”. Veía las recomendaciones, entrenar de 5 a 10 años y yo pensaba, 2no, si se puede”. La recomendación que si seguí fue un “8mil” para conocer mi cuerpo y me parecía lógico.

Manaslu

Pensé voy hacer una montaña de 8 mil más sencilla, para tener la confianza de ir al Everest. A los 10 meses a Aconcagua, yo ya estaba en Nepal para Manaslu, que es la 8° montaña más alta del mundo.

Tuve que renunciar a mi trabajo porque fue una experiencia de un mes, no se acomodaban mis vacaciones, pero me fui. Fue difícil porque estaba creciendo en la parte profesional. Pero ya tenía trabajo cuando regrese porque una de las empresas con las que tenía relación me dijo “cuando regreses, te vienes con nosotros”. Significo romper relación laboral con la empresa donde llevaba 7 años, pero dije “ni modo, me voy a Manaslu”. Fui sola, llegué a las 11 de la noche rezando porque si fueran por mí al aeropuerto y que no fuera un engaño. Si me recogieron, era una empresa seria y profesional. Hago cima, entre a un glaciar, llegué a los 8 mil metros, me sentí muy bien y ¡ahora si sigue el Everest! Pero entro a trabajar con la nueva empresa, y por cuestión de tiempo y dinero, paso un año y medio.

Everest Retos para llegar

La expedición inicio en abril 2017. Tuve que vender mi coche, fue difícil la búsqueda de patrocinios, pero varias empresas y personas me apoyaron. Por el trabajo, no pude ir ni al Pico, ni al Izta para entrenar. Hubo muchos retos para llegar. Es que el gran reto de subir a la montaña es llegar a ella.

Quienes

Íbamos de México, Noruega, Brasil, Islandia, Inglaterra… fue muy padre ir como mujer mexicana y como líder de expedición. Estuve muy contenta de que se haya logrado la cima, que no haya habido ningún incidente y con toda esa gratificación de llevar la bandera de México a lo alto.

Travesía e incertidumbre

En Katmandú estos 3 días, se reúne todo el equipo, se toma la avioneta a Lukla, un poblado donde está el aeropuerto más peligroso del mundo que tiene una pequeña pista al borde de un barranco. Conocer lukla es toda una aventura. Y de ahí, empiezas a caminar con la mochila 10 días al campamento base. La experiencia del trekking para mí, es maravillosa y cuando llegué al campamento base se me puso la piel chinita. Ya había llegado, pero en el montañismo hay mucha incertidumbre, ni siquiera el mismo día que vas caminado a la cima tienes la certeza de que vas a llegar. Toda la experiencia duro 42 días, y de subida me toco ver a una persona que falleció el año anterior, fue el recordatorio de la vulnerabilidad que se tiene en la montaña, pues la mayoría de los accidentes son bajando, por lo que ni siquiera llegando a la cima, tienes la certeza de que vas a bajar.

Cima

Ya podía ver la cima, pero faltaba todavía 1 hora. Y ya estando ahí, tome videos y fotos con la bandera. Dure 1 hora y media, fue muy bonito ver a todo el grupo llegar, extraordinario, pues no siempre llega todo el grupo. Cuando veo las fotos, es cuando me doy cuenta del tiempo que estuve arriba, estuve sin la máscara y hubo un momento en que ya se me iba el aire y dije, “ahora si vámonos”.

Bajar, la otra mitad del camino

Aquí es el punto más crítico, bajar bien, yo no quería ser parte de la estadística de los que se quedan en el camino, quería ser de los que llegan al campamento base, ir pisando bien y no sentirme que ya lo había hecho. La cima es la mitad del camino. Si tenía mucha emoción de llegar, pero tenía también la conciencia de que tenía que bajar, y más, estando en ese panorama, viendo la curvatura de la Tierra, las montañas, todo chiquito, donde te sientes grande y pequeño al mismo tiempo. Estar dentro de esa grandeza de la naturaleza, que es donde vivimos, la pequeñez de lo insignificante, y el grano de arena que somos en el mundo.

Tormenta

Yo pensé que iba a sentir alivio ya en el campamento 4, pero nos toca una tormenta, estaba haciendo muchísimo viento. Yo llevaba más de 20 horas sin dormir, y sentí que iba a llegar y caer rendida, pero no podía dormir por el ruido del viento y tenía deshidratación porque no pudimos prender las estufas de gas para descongelar el agua. No me podía calentar, tenía mucho frio, estaba temblando, decía “Dios mío, esto todavía nos y acaba, ya llegué a la cima, pero esto aún no termina”.

Bloque de hilo desprendiéndose

Ya bajando, estábamos a 3 horas de llegar al campamento base y yo pedía “Dios mío, déjame llegar al campamento base, déjame vivir”. Y empezamos a escuchar el crujido del hilo, y dije “aquí morí, aquí va a quedar mi cuerpo”. Acabábamos de pasar por el bloque de hielo enorme que se empezó a desprender, el crujiendo era tan fuerte que no volteábamos a ver sherpa y yo, y empezamos a correr. Si 2 minutos antes hubiéramos pasado eso, nos hubiera tocado el impactó del hielo. Cuando llegué al campamento base dije “ahora sí, ya subí, ya bajé, ya lo logré, si pude… si pude vivir”.

Lo que sigue después del Everest

Fue como un shock, no había plan. Mi objetivo era llegar al Everest y ya lo había hecho. Pero durante esa expedición, el islandés me platico del K2, y se me metió esa espinita. Estuve pensándolo, hacer el Lhotse como entrenamiento, que es otra montaña que está a lado del Everest y luego irme al K2. Si fui al año siguiente, me va muy bien, regreso y a los 15 días, ya me iba al K2, pero todavía no tomaba la decisión porque me hacía falta el dinero. Y cuando ya tenía todo, una semana antes de irme al Pakistán, le dije a mi familia, y su reacción fue “¿Cómo?, dijiste que nunca ibas a ir, que es la montaña de la muerte”.  Fue muy difícil decirle a mi familia, porque ellos viven la expedición conmigo y se preocupan.

K2en el Everest el índice de fatalidad es de 11%. En el K2 es del 25%, ósea uno de cada 4 que sube, no baja. Era mucho riesgo, pero era parte del reto, intentar subir esa montaña y poder ser la primera mexicana y latinoamericana. De muchos era su 2°, 3° o 4° intento, eso no lo tenía consciente hasta que llegue ahí. Y pensaba, “que es esto, yo nada más vengo una vez y ya”. Tuve la suerte de que todos los factores se alinearan, de poder subir y de que me sintiera bien. En el Everest nunca dije “hasta aquí o ya no puedo”, y en el K2 hubo muchos momentos que pensé “que hago aquí, esto está de locos, es una pared inmensa de roca y de hielo”. Me tocó ver a un canadiense morir, él se cayó, es una montaña con mucha inclinación. Yo iba subiendo y tenía que tomar la decisión de seguir subiendo o no, y pensé “esto ya lo sabía”. Me sentí con mucha frialdad, acababa de ver a una persona morir, pero yo sabía que no podía ayudarla, ya había fallecido, y su equipo ya iba bajando para hacer el rescate del cuerpo. Pensé que la fatalidad ya la sabia, así que “vamos para arriba”.

Balanza

En el Everest pensaba “yo puedo, si se puede”, en el K2 pensaba “que es esto”. Fue cuando me di cuenta de las ganas que tenia de estar así. Lo veo como una balanza, cuando las ganas de subir eran más grandes que todo el sufrimiento físico y mental, ganaba la balanza y seguía, pero he visto muchas personas escalando, cuyas ganas de subir no son mas que el sufrimiento, dicen “ya no quiero, no voy a subir” y se regresan.

Sufrimiento y fortaleza mental

Hay un sufrimiento que es el de la mente y otro el dolor que se siente. En ocasiones, es más el sufrimiento de la mente por la incertidumbre, pero sí creo que la mente lo es todo no importa la fuerza de las piernas, quien manda es la mente. Para mi tener fortaleza mental es lo que me ha ayudado a conseguir todo esto, porque físicamente ha habido otros mucho más fuertes que yo, pero con miedo o incertidumbre, deciden detenerse.

Cada montaña una cima

En cada montaña que me he subido he hecho cima, es algo extraordinario en cuestión de estadística. Me siento afortunada y bendecida por Dios. Estando en la cima del K2 pensaba que Dios quiso que yo estuviera ahí. No hay otra manera de que pudiera estar en esa cima, más que porque él quiso.

La estabilidad que sentí

Yo iba abajando de la cima del K2 y no había cuerda fija, estábamos a modo alpino. Era una cuerda temporal, roja, que solo estaba fija del inicio, pero no del final, era como para ayudarte a tener equilibrio, pero si te caías, no te podía sostener. En la cima estuve como 15 minutos y nos bajamos rápido porque hay un cuello de botella donde solo pasa uno por uno, y el riesgo de quedarse más tiempo en la montaña es mayor. Cuando iba bajando, iban adelante una persona, y yo sentí atrás que alguien agarro la cuerda, y yo dije “viene alguien tras de mi”, estaba 200% segura de eso porque venía extendiendo la cuerda y yo tenía más estabilidad. Bajamos, bajamos y llega un punto en el que la cuerda se acaba, y agarro el ultimo nudo de la cuerda y volteo, y no había nadie atrás de mí. Fue como decir “Dios mío, aquí estas”. El K2 fue otro boleto para mí, el Everest tiene mis respetos por la altura y todo lo que tu quieras, pero el K2 es otro boleto. escalando me han tocado personas ególatras, pero la montaña te enseña totalmente lo contrario, tienes que ser humilde porque te estás jugando la vida, todo el entorno esta en tu contra. siempre me digo, “Dios mío yo hago mi parte y tú haz la tuya”.

Confiar en uno mismo es la clave. Creo en mi un 99%, el 1% lo dejo a lo que nos rodea, pero es una confianza sin sentirme superior.

Las opiniones de los demás.

El Everest lo subí cuando tenía 3 años en el montañismo y el K2 con 4 años escalando. Tengo esa locura que me permite decirme “si puedo, o al menos inténtalo”, porque la mayoría de lo que yo escuchaba era, “oye y si no subes, y si te mueres, y si no puedes”. Yo pensaba pues es que todo eso no lo sé, y no lo voy a saber hasta que vaya”. Así que todo el tiempo subí como nadando contra corriente, me decían que no tenía experiencia, que era suerte. Pero lo que pienso es que no hay formula, no hay nadie que me conozca mejor que yo, así que todas las personas que opinan, lo hacen bajo sus circunstancias, no las mías, sino bajo sus propias limitantes.

El mayor aprendizaje del montañismo

Me ha dejado muchísimos aprendizajes, pero de los más grandes es la apreciación. En cualquier paisaje lo siento, todos los días, en la regadera, doy gracias por la regadera y por el agua caliente, me meto a la cama y brinco “ay mi cama, gracias”. La capacidad de apreciación que me ha dejado el montañismo es muy grande y el agradecimiento porque tengo la oportunidad de vivir.

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